Cuando hablamos de prevención del cáncer solemos pensar en estudios médicos, especialistas y consultorios. Pero una parte importante de la prevención ocurre mucho antes: en decisiones pequeñas, aparentemente insignificantes, que repetimos todos los días.

Nadie cambia su salud en un día, pero tampoco la construye en un día.

La construimos cuando elegimos qué comemos, cuánto nos movemos, si fumamos o no, cuánto alcohol consumimos, cómo nos exponemos al sol y también cuando decidimos – o postergamos – ese control médico que sabemos que tenemos pendiente.

Por eso, quizás una de las ideas más importantes durante una semana dedicada a la concientización sobre hábitos saludables sea comprender que nuestros hábitos no son pequeños cuando los repetimos durante años.

La Organización Mundial de la Salud estima que entre el 30% y el 50% de los casos de cáncer podrían prevenirse mediante estrategias de prevención ya conocidas. Esto incluye evitar el tabaco, mantener una alimentación saludable, realizar actividad física, disminuir el consumo de alcohol, asegurar una buena hidratación, protegerse de la radiación UV, etc.

En Argentina se estimaron 139.470 nuevos casos de cáncer durante 2024. Entre los tumores de mayor frecuencia se encuentran los de mama, colorrectal, próstata y pulmón.

Pero acá hay una distinción fundamental. Prevenir no significa garantizar que nunca tendremos cáncer. Prevenir significa otra cosa: disminuir los riesgos sobre los que sí podemos actuar.

No necesitas una vida perfecta. Necesitas mejores hábitos.

Uno de los grandes errores cuando hablamos de salud es plantear cambios tan grandes que parecen imposibles de sostener. Comer perfectamente. Entrenar todos los días. No estresarse. Dormir ocho horas exactas. Abandonar inmediatamente todos nuestros hábitos anteriores.

La realidad suele ser bastante diferente.

La verdadera transformación empieza cuando una conducta saludable deja de ser un esfuerzo excepcional y comienza a formar parte de nuestra vida cotidiana.

Comer mejor, no simplemente “hacer dieta”. Un plato saludable no necesita ser sofisticado. Verduras, frutas, legumbres, cereales integrales, frutos secos, alimentos reales o poco procesados deberían ocupar un lugar cada vez mayor en nuestra alimentación.

Al mismo tiempo, es recomendable disminuir el consumo de ultraprocesados, fiambres, embutidos y otros alimentos de baja calidad nutricional.

No se trata del alimento milagroso que “previene el cáncer”. Ese alimento no existe. Se trata del patrón alimentario que construimos durante meses y años.

Tu cuerpo fue diseñado para moverse: caminar, andar en bicicleta, nadar, bailar, entrenar, hacer algún deporte, subir y bajar escaleras. El mejor ejercicio no siempre es el más complejo: muchas veces es el que podemos sostener. Podes comenzar hoy con veinte minutos. Después repetirlo. Y después volver a hacerlo. Porque antes de buscar rendimiento hay que construir el hábito.

Con el tabaco, el objetivo es claro: dejarlo. El tabaco continúa siendo uno de los factores de riesgo de cáncer más importantes y, al mismo tiempo, uno de los más evitables. No existe un nivel seguro de exposición al tabaco. Por eso, reducir el consumo puede ser un paso dentro del proceso, pero el objetivo sanitario debe ser abandonarlo y evitar también la exposición al humo ajeno. Pedir ayuda profesional para dejar de fumar también es una decisión de salud.

Con el alcohol, menos es mejor. El riesgo aumenta a medida que aumenta el consumo. Por eso, reducirlo —o directamente evitarlo— también forma parte de una estrategia preventiva.

El sol también requiere hábitos. Disfrutar del aire libre no significa exponernos innecesariamente a la radiación UV. Evitar la exposición solar intensa, buscar sombra, utilizar ropa adecuada, sombrero, anteojos y protector solar son medidas simples que disminuyen la exposición acumulada.

Por otro lado, los controles médicos importan incluso cuando nos sentimos bien. Porque justamente ése es el objetivo de muchos estudios de detección temprana: encontrar una alteración antes de que genere síntomas o hacerlo en una etapa en la que las posibilidades terapéuticas sean mayores. Los controles indicados dependen de la edad, el sexo, los antecedentes personales y familiares y los factores de riesgo de cada persona. Por eso, no existe un “chequeo universal”: debe conversarse con un profesional de salud.

María José Zunino

Nutricionista UBA

M.N. 9708 M.P. 4739

LALCEC Mercedes (B)