(De la redacciĂłn)

Semanas atrás destacamos un hecho similar acontecido en el hospital… Tal vez será porque sufrir el frío es algo que de modo particular duele. Pero salió de las referencias particulares, siempre hay gestos que no ocupan grandes titulares, pero terminan dejando una huella profunda que invita a seguir.

En Mercedes, desde hace años, un grupo de mujeres demuestra que la solidaridad puede tejerse punto por punto, con paciencia, dedicación y una enorme cuota de amor. Las Abuelas Tejedoras son mucho más que un grupo de voluntarias. Son un símbolo de una comunidad que entiende que el compromiso con el otro no tiene fecha de vencimiento ni conoce de dificultades. Aun en los momentos más complejos, incluso durante la pandemia cuando el aislamiento parecía imponer distancia, ellas encontraron la manera de seguir presentes. Continuaron tejiendo, transformando ovillos de lana en abrigo y esperanza para quienes más lo necesitaban.

No es fácil sostener equipos de voluntarios. De esos que de manera desinteresada brindan su capital más preciado que es el tiempo, para que otros puedan estar un poco mejor. Se nota en la comunidad entera, la de Mercedes y la de otros tantos lugares del país y del mundo. En clubes, sociedades intermedias, barriales… En todas esas donde solo hay que dedicar tiempo para trabajar por los demás. Las Abuelas en ese sentido no claudican.

En las últimas semanas, volvieron a dar una muestra de ese compromiso con dos nuevas entregas de prendas confeccionadas especialmente para las familias que forman parte del programa municipal Primeros 1000 Días. Con el acompañamiento de la Dirección de Adultos Mayores, las donaciones llegaron al CAPS Mercedes, al CAPS Agote y también al Hospital Blas L. Dubarry, donde chalecos, mantas, sabanitas y ropa para recién nacidos y bebés prematuros comenzaron rápidamente a cumplir su verdadero destino: abrazar a quienes llegan al mundo en contextos de mayor vulnerabilidad.

Cada una de esas prendas representa muchas horas de trabajo silencioso. Pero también refleja una red de solidaridad que involucra a vecinos que donan lanas, al Estado municipal que organiza y acompaña, y a un grupo de adultas mayores que decidió convertir su tiempo en un regalo para los demás.

Se dijo alguna vez sobre su labor. «Creemos que este tipo de acciones no solo ayudan en momentos complicados para la sociedad, sino que además nos unen y promueven algo muy valioso como la solidaridad y el trabajo compartido», señaló.

Quizás la mejor definición de esta historia, a nuestro entender, haya sido escrita bastante antes, en una recordada publicidad de SanCor que quedó grabada en la memoria colectiva de algunas generaciones. Afirmaba que «un hombre solo es solo el comienzo» y que para construir algo verdadero hacen falta muchas manos que se sumen, trabajen juntas y convoquen a otras. Un mensaje simple, pero profundamente vigente.

Ellas son esas manos que nunca dejaron de sumarse. Manos que, lejos de detenerse con el paso de los años, siguen multiplicando gestos de afecto. Manos que no buscan reconocimiento, aunque lo merezcan.

En tiempos donde muchas veces predominan las noticias que reflejan conflictos o divisiones, la historia de las Abuelas Tejedoras recuerda que existe otra forma de construir comunidad. Una que no necesita grandes discursos, sino personas dispuestas a dedicar unas horas de su vida para mejorar la de alguien más. Como decía aquella vieja campaña publicitaria: «Unidos, sí, pueden más. Todos juntos pueden más».