En una emotiva jornada que reunió a familiares, autoridades municipales e instituciones comunitarias, la ciudad rindió tributo a uno de sus vecinos más ilustres y eminencia mundial de la medicina. El acto central incluyó el descubrimiento de un monumento y una placa conmemorativa en la avenida 30, seguido por la presentación de su libro biográfico oficial en el Honorable Concejo Deliberante.

La ciudad de Mercedes vivió el pasado jueves  una jornada cargada de memoria, emoción y reconocimiento institucional al rendir tributo al doctor Fortunato Benaím (1919-2023), referente internacional en la investigación y tratamiento de pacientes quemados. La ceremonia central tuvo lugar sobre los bulevares de la avenida 30, entre calles 17 y 19, emplazamiento elegido frente al Colegio Nacional «Florentino Ameghino», espacio emblemático donde el destacado profesional cursó sus estudios secundarios durante su juventud.

El encuentro estuvo encabezado por el intendente municipal, Dr. Juan Ignacio Ustarroz, junto a la presidenta del Concejo Deliberante, Mariana San Martín, concejales de diversos bloques políticos, directivos y profesionales del Hospital Blas L. Dubarry, referentes del Rotary Club y vecinos de la comunidad. La cita contó con la presencia especial de sus hijos, Alejandra y Pablo Benaím, quienes acompañaron con profunda emoción el descubrimiento de la obra escultórica y la placa conmemorativa.

Durante el acto a la intemperie, representantes del Rotary Club Capital Federal y Mercedes subrayaron la dimensión ética y humana del médico mercedino. “Fortunato fue un hombre de bien, una condición difícil de alcanzar”, destacaron al recordar el vínculo inquebrantable de la familia Benaím con la comunidad local y su paso por el Rotary Club de Buenos Aires. En esa misma línea, el jurista Javier Negri aportó una sentida semblanza: “La verdadera grandeza no consiste en llegar muy lejos, sino en hacerlo sin olvidarse de dónde se viene”.

A su turno, el Dr. Horacio García Igarza repasó vivencias profesionales y personales compartidas con el homenajeado, resaltando su visión vanguardista al dirigir por casi tres décadas el Hospital del Quemado, diseñar equipamiento médico innovador, conformar los primeros equipos multidisciplinarios y fundar la entidad de ayuda que brindó alojamiento y contención a miles de pacientes derivados del interior del país.

Por su parte, los hijos del homenajeado agradecieron el gesto de la comunidad mercedina. Como muestra de gratitud, entregaron al Colegio Nacional un retrato encuadrado del médico, réplica de un mural sobre personalidades destacadas de la medicina emplazado en el Hospital Rivadavia. La directora de la institución educativa, Miriam Ávila, agradeció la donación que desde ahora custodiará la entidad.

El cierre de los discursos estuvo a cargo del intendente Juan Ignacio Ustarroz, quien valoró la formación holística, humana y científica de Benaím, remarcando la coherencia entre sus pensamientos y acciones. Ustarroz enfatizó que este homenaje “hace justicia” y coloca en alto el derecho a la salud pública de excelencia para que su figura sirva de inspiración a las nuevas generaciones.

Presentación de la biografía en el Concejo Deliberante

Tras la bendición e inauguración del monumento en la vía pública, la agenda de actividades se trasladó al recinto del Honorable Concejo Deliberante (HCD), ubicado en el primer piso del Palacio Municipal. Allí se llevó a cabo la presentación oficial del libro biográfico “Fortunato Benaím. La ciencia, el arte y la vida”, escrito por la docente, periodista y gestora cultural Susana Spano, obra que recorre en detalle las facetas humanas, artísticas y científicas de la eminencia mercedina.

Fortunato Benaím

Nacido en la ciudad de Mercedes, provincia de Buenos Aires, el 18 de octubre de 1919, Benaim se recibió de médico por la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires en 1946.

Inició la práctica profesional en el Hospital Ramos Mejía, de la ciudad de Buenos Aires. Fue, primero, ayudante de laboratorio y, luego, practicante de sala en ese centro porteño. A partir de 1945, y durante una década, continuó su formación en el Hospital Argerich, ya como médico concurrente en el Servicio de Cirugía a cargo del profesor Arnaldo Yódice, a quien consideró su maestro y quien lo orientó a especializarse en cirugía reconstructiva.

La atención de una familia que había sufrido quemaduras graves en el incendio de su vivienda fue la puerta de entrada en 1948 a la que sería su especialización definitiva. De hecho, la tesis con la que obtuvo el título de Doctor en Medicina (1952) describió los resultados obtenidos con el injerto de piel. Obtuvo una calificación sobresaliente en la defensa de su investigación y la Asociación Argentina de Cirugía la consideró el mejor trabajo científico del año.

En los Estados Unidos, a partir de 1955, accedió a becas por concurso para entrenarse en el tratamiento del quemado con autoinjertos de piel (Universidad de Texas), cirugías complejas y uso de homoinjertos (Hospital Barnes de la Universidad de Washington) y vascularización de los injertos cutáneos (Hospital de Nueva York/Universidad Cornell).

Por concurso, en 1956, accedió al cargo de director del Instituto Nacional de Quemados, Cirugía Plástica y Reparadora, que a partir de 1967 depende de la cartera sanitaria porteña y se lo conocerá finalmente como Hospital de Quemados, en el barrio de Caballito. Se jubiló a los 65 años (1984). Hacía tres años que había creado “con un grupo de amigos”, como recordaba durante entrevistas, la fundación que lleva su nombre. Ahí, en 1990, abrió el Banco de Piel y, en 1992, el Laboratorio de Cultivos Celulares, que fueron los dos primeros servicios en su campo reconocidos como tales en el sistema de salud pública.

A través de la fundación, publicó la Revista Argentina de Quemaduras (1983) para la difusión en español de estudios de investigación de la especialidad. Era la única publicación disponible en el mundo en ese campo en español.

Dedicó gran parte de sus esfuerzos a trabajar por los chicos que necesitaban atención para reparar las secuelas físicas y mentales asociadas con las quemaduras. Ya en 2007, desde la fundación estimaron que había unos 150.000 menores que en el país requerían cirugía y, con su equipo, la proporcionaban de manera gratuita, con apoyo de otras instituciones, para los pacientes de cualquier lugar del país, sin recursos ni cobertura.

También fue docente. Comenzó como ayudante, jefe de trabajos prácticos de la Cátedra de Patología Quirúrgica (profesor Arnaldo Yódice), docente autorizado y profesor adjunto. La Facultad de Medicina de la UBA lo distinguió como profesor honorario de Cirugía. En la USAL, fue designado profesor consulto en Cirugía reparadora y de patología y tratamiento de las quemaduras y sus secuelas. Fue designado vicedecano de la Facultad de Medicina de la UCES.

Premiado en el exterior y en el país, fue miembro con honores de las principales academias, sociedades científicas y asociaciones profesionales de la especialidad, locales y en el mundo. La música fue otra de sus pasiones: desde chico, tocaba el violín, pero también el piano y la batería. Su madre, Alegrina Bensadon, lo había anotado desde pequeño en el Conservatorio de la Ciudad de Mercedes, como recordaron sus colegas y discípulos en reiterados homenajes.